viernes, 30 de octubre de 2015

E. Verhaeren. II.-AURRESKU DE NIÑOS. -FIESTA DE SAN JUAN EN TOLOSA SAN MARCIAL EN VERGARA.


 Entrábamos dando latigazos a galope en una ciudad viejísima, sobre una roca y lejos de todo ferrocarril. Las campanas vibraron con fuerza y sobre las losas estrechas de la calle, en medio de un hormigueo negro de gente, veíase moverse las notas claras de vestidos azules, blancos y rosa; era un ballet de antiguas danzas eúskaras ó bascas.
     A nuestra izquierda vimos la iglesia con la estatua del Santo Patrono encima del pórtico engalanada con banderas; habían puesto una aureola de linternas alrededor del Santo y flores en grandes vasijas.
     ¿Quién era el santo? -San Juan Bautista, más adorado, más festejado en todo Guipúzcoa.
     ¿Cómo era la estatua? -Un pedrusco hecho por algún escultor de aldea, uno de esos terribles creyentes que pareció entretenerse en torturar la piedra de una manera inocente, esculpiendo Cristos y Madonas. Allí se ven Nazarenos en cruz y Dolorosas en los que se destaca una espantosa tristeza, cuando no es metidos en altares negros es entre vidrieras de armario al resplandor de cirios ó lamparillas y se graban en la memoria como obras maestras de salvajismo y de retorcimiento de dolor. El San Juan que habían adornado encima del pórtico, era de granito pintado. Colores chillando su crudezas a los delicados oídos de las flores que alrededor estaban; la masa de piedra cortada a grandes golpes; la cara del Precursor enjuta, su torso atormentado por la vida austeras, todo su cuerpo consumido y los ojos como abiertos por las apariciones terribles de su desierto.
     El gentío que habíamos apercibido á la llegada se acercó a nosotros. Las notas claras que se movían entre la masa negra eran niños formando una cadena de pañuelos cogidos de mano en mano y el pequeñuelo de un extremo como una dama diminuta bailaba paseando por las calles una antigua danza llamado aurresku. Parábanse ante la case del alcalde ó la de algún noble que ostentaba su escudo sobre el muro. Allí una flauta y un tambor estrecho y largo tocan un aire que perece que descarrila y que pierde el compás para después volverlo á tomar; así me esplicaron que tiene que ser el extraño ritmo de la música vascongada. Los dos instrumentos parece que riñen entre silbidos y redobles de tamboril, pero sin reñir nunca de veras. Los dos niños de los extremos de la columna son los únicos que bailan ó más bien saltan haciendo piruetas con gran seriedad, casi con aspecto triste, entrelazando los pies en el aire como una bailarina. Estos son los dos sobre los que cae toda la responsabilidad de la danza y los que conducen á los demás. En esta antigua ciudad, entre obscuridad de palacios caidos y torres en ruina, toda la gente prestaba atención en el pequeño ser lleno de vida a quien tocaba bailar delante de la Iglesia negra. Terminado el baile se sirvió la merienda a aquella pequeña comparsa al aire libre sobre unas ruinas.
     La comida se componía de pirámides de frutas, montañas de sorbetes, fuentes de limonada.
     Pero todo esto tuvimos que dejarlo porque habíamos resuelto pasar la fiesta de San Juan en Tolosa y dejamos aquellas alturas para bajar a esta antigua capital de Guipúzcoa.
     Durante el viaje en diligencia el oscurecer se alumbraron grandes hogueras en los montes por ser la víspera del gran día que en Guipúzcoa parece ser que le honran en todos sus pueblos con estos simulacros de incendio. Vistos desde el valle abajo parecían cabelleras rubias aquella llamas en desorden y con un poco de imaginación podrían tomarse las estrellas que brillaban alrededor por soberbios alfileres de aquellas melenas despeinadas.
     La población iluminada con faroles y tiroteo de petardos apareció bien pronto.
     Las jotas y fandango llamado ariñ-ariñ duraron hasta tarde, pero no siendo esto más que una pequeña preparación para la fiesta del día siguiente resolvimos acostarnos temprano en el parador de diligencias.
     ¡Oh! qué noche de ruidos y qué madrugada de tin-tan y talan-talan; qué campaneo de campanas nos hizo saltar de la cama al día siguiente traspasándonos la cabeza toda la mañana con su sonido duro! ¡Qué bordoneo que nos rompía el tímpano con su tin-tan y talan-talan con el campaneo de campanas!
     La procesión tuvo lugar. Inmediatamente nuestras miradas fueron para las esculturas de Santos; los pasos que salían aquel día se puede decir de sus cavernas.
     Es que en realidad estas imágenes están talladas con arte latronesco y bárbaro. Desproporcionadas, patizambas, groseramente modeladas y sin embargo soberbias. De expresión torpe ¡pero qué penetrante!
     El rezar cara a cara con estos Santos y Nazarenos debe hacer reir ó alucinar. Así se comprende el magnetismo que puede causar la mirada de ellos en ciertas capillas sombrías. Desgraciadamente ya invaden el país las esculturas modernas á la francesa, insípidas imágenes de confitería.
     Después de cordón interminable de viejos con cirios y cofradías llegaron los curas y dominando aquel grupo sobresalía dorada y reluciente la custodia. Detrás el alcalde con el junco enroscado (1) y cerrando el cortejo los alguaciles con el traje del siglo XVII y dos maceros con dalmática del encarnado propio de diputación, las mazas al hombro.
     Y durante esta hora de manifestación religiosa siempre el mismo campaneo de campanas, entonces más numerosas, repicando más a rebato, las pequeñas, las grandes y toda la calderería amotinada. Ni una sola sonoridad de bronce larga y profunda sino una cacofonía discordante una, disciplina de martillazos rompiendo con sus hierros el tímpano. Por la tarde el alcalde y los concejales acompañados de curas van á vísperas y un grupo de mozos vestidos de blanco, boina encarnada y ancha faja esperan en la puerta formando un arco con bastones ó makilas y espadas de madera para dejar paso al concejo. Son los ezpatadantzaris que van bailando por las calles las danzas bascas á la antigua usanza, abriéndose así el paso hasta llegar á la plaza de rigor, donde se ha de celebrar la corrida de novillos que engalanada con banderas ya está atestada de mujeres en los balcones y convertidos estos en palcos y sobre tendidos improvisados un gentío de mil colores.
     ¿Para qué describir una corrida de toros que es ya cosa tan vulgar?
     Nos contentaremos diciendo que los curas asistieron con el alcalde que presidía la corrida y que todos siguieron al anochecer hasta una alameda oscura donde presenciaron los bailes antiguos Eúskaros. Que las fiestas vascongadas tienen un carácter tétrico por mucha alegría que se les quiera dar. La dominante negra en los trajes, la seriedad de los bailes y cantos, el paisaje y aquel cortejo de alcaldes y curas presenciando los bailes como un duelo, éstos últimos en una postura que siempre es la misma, como pájaros en reposo, que recuerda la de las águilas enjauladas.
     Y todo esto reunido hace ver bien claro el carácter fúnebre que se descubre en esta fiesta española.
     Después describe el artista belga otras cosas menos tétricas, pero aquel día más en sus ideas de que ESPAÑA ERA NEGRA, preguntóme detalles sobre la Semana Santa en Guipúzcoa. Sin exagerar le dije que entonces era la buena época para hacer artículos sobre este país carlista como él lo llamaba y le conté como pude mis impresiones de Jueves Santo en Azpeitia después de oir un miserere de Gorrití, música seria algo alemana, y un sermón larguísimo. La guardia civil de gala como sargentos Federicos de rojo y esperando bajo los arcos de la iglesia el momento solemne de la procesión, con caras aburridas y con los fusiles puestos á la funerala, cosa desconocida en el país de mi amigo. El tiempo, de lluvia fina shiri-miri, como dicen en las provincias, polvillo de lluvia que duró todo el día. Luego la calle principal embutida por la procesión y la larga fila de hijas de María con mantillas negras y la cinta de sierva puesta el cuello. La gran masa entrando en la iglesia, siguiendo su estandarte.
     Las otras callejuelas que no forman parte de la carrera, sin un sér viviente en aquellas horas; una soledad que oprime como domingo en Londres.
     Los pasos de Azpeitia, uno sobre todo con un letrero que dice: "Cristo padesió por pecadores sinco mil asotes" son de más carácter que los de Tolosa, le dije: es una escultura más barbare como él la llama; una talla donde hay más hachazos que otra cosa.
     ¡Oh! ¡quién pudiera venir a España en esa época! me decía.
 Le expliqué lo imponente que era el silencioso cuarto de los Santos después de una procesión, donde los atriles y las cajas de violines viejos están como ataúdes amontonados con los Santos entre olores á humedad y á aire viciado de larga ceremonia eclesiástica.
     Le pinté la tristeza que se respira en aquellos días en esos pueblos tan distintos á los de su país y la imposibilidad de divertirse para los que no son creyentes, pues si buscan distracción en los círculos se encuentran que no hay tresillo ni piano abierto y encima de las mesas de billar se ve una gran cruz echada que forman con los tacos, indicando con las bolas los sitios donde se clavaron los clavos y con los palillos sobre el INRI una corona de espinas mal imitada. Todo esto en señal de luto para impedir que se toque a los tacos durante los dias de Semana Santa.
     "Nom d'une pepette comme je voudrais venir" decía, y rogándome le contara más cosas le dije, que el Viernes Santo en Oñate es también de gran carácter. La iglesia estaba tan oscura cuando yo la ví que casi había que ir á tientas y solamente un rayo de luz caía, como hecho apropósito, sobre el Altar Mayor, resultando el Cristo y la Dolorosa muy en alto sobre unas gradas llenas de chiquillos y el rayo aquel de la lucerna caía para alumbrar la aparición como único punto luminoso entre la masa negra del pueblo en tinieblas.
     La procesión es una de las más hermosas que ví en España. Los niños de las escuelas esperan de rodillas formando cordón en la ancha plaza de edificios antiguos con el gran morado del monte Aitzgorri dominando allá en el fondo.
     "¡Oh nom d'une pepette, nom d'une pepette! repetía.
     A pesar de no ser Semana Santa no quiso dejar Guipúzcoa sin ver Loyola y Azpeitia.
     Como hombre del Norte acostumbrado á las catedrales góticas no le entusiasmó nada el estilo barroco que él llamaba rococo que domina en Loyola preocupándole únicamente los curas que por allí van y vienen siempre en la misma postura que los de Tolosa es decir de pájaro en reposo; la mano derecha dentro del puño izquierdo, la otra en el puño derecho que parece que un brazo es la continuación del otro.
     No dando importancia á sus artículos de impresiones de España para l'Art Moderne periódico de Bruselas se metió el poeta en su poesía; entonces estaba acabando su libro "Les Debâcles" donde hay algunos trozos inspirados en nuestro país, trozos tristes, por supuesto.
     Hablaba poco y observaba mucho sacando partido de cosas que á nosotros no nos chocan por ser españoles.
     Llegó á distinguir los toques de entierro, de párvulo, de salida de viático y aún el de agonía, esas cinco campanadas que seguidas de un silencio anuncian en Guipúzcoa cuando alguien se muere.
     Le chocaban estas cosas y era natural que le chocasen. Ya sabemos que hay que tocar á muerto, pero ¿para qué anunciar el momento crítico de la agonía? ¿No son estas cosas propias de un país que es amigo de la muerte?
     Fuimos á la fiesta de San Marcial de Vergara en el tren juguete que sube y baja como montaña rusa llegando la víspera, dia de San Pedro que ya festejan este día con banderas en la torre, gran campaneo de calderas como las de Tolosa y lo más chocante con cuatro cirios ardiendo en el pórtico de aquella parroquia.
     Lo mejor del pueblo se ve desde fuera y es el panorama con el Campo Santo entre prados en medio del valle, cuya capilla vista de lejos hace pensar en esos cofrecillos antiguos de reliquias y los paisajes en ciertos fondos de cuadros primitivos. Pero el pueblo con sus torres de estilo barroco y casas solariegas, hace abandonar esta idea y se tiene nostalgia de líneas góticas, pensando lo bien que armonizarían con el carácter serio de estos pueblos y en estos valles grises algunas torres caladas de un arte gótico bien puro.
     Aquel día hubo títeres en la plaza entre Vergareses de perfiles largos y afilados como sables, hubo también iridiarena con silbo y tamboril; pero en medio de tanta diversión, al oscurecer volvimos á ver los cirios encendidos en el pórtico de San Pedro llamando á la gente a la salve. Al día siguiente es la romería en la ermita de San Marcial á la que se llega por entre vía-crucis y bosques espesos. La capilla está oculta entre grandes castaños, no viéndose más que humos azules que parece que todo el bosque está incendiado. Son las hogueras para las meriendas. Las comilonas al aire libre no podían extrañar nada al que está acostumbrado en Flandes á ver los cuadros de Teniers al natural. Por todas partes se tropieza con mesas y cazuelas alguna de estas demasiado pequeñas para tan grandes jigotes y en medio de tanta diversión había cosas que entraban en el orden de ideas negras de nuestro artista. Los cantos vascongados que se cantan por grupos al regreso hacia la villa son capaces de entristecer a cualquiera más aún cantados en tono de pitimas de sidra que son siempre tan tristonas. El baile se acaba temprano y los últimos resoplidos del flautista que no puede ya más son hácia las nueve de la noche en la plaza. A esta hora en que empiezan á divertirse en otras provincias de España todos se retiran allí y vuelve á reinar el silencio de todo el año, contrastando con la soledad de aldea la iluminación de faroles en los grandes edificios de piedra; palacios nobles que alquilados cuestan cinco ó seis reales diarios.
     El fin de fiesta no podía ser más triste y entre todos los recuerdos el que quedaba más impreso eran los cuatro cirios ardiendo bajo el pórtico de la torre ocre.

 (1) Éste es el símbolo de mando que usan los alcaldes en Guipúzcoa

VERHAEREN, E., REGOYOS, D.: España Negra,  Ed. Hesperus, 1989, pp 41-54.

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