viernes, 30 de octubre de 2015

E. Verhaeren: I - POR LA COSTA CANTÁBRICA


     Buscábamos una diligencia a todo trance con mulas viciadas, dispuestos a rodar por los precipicios, a romper los arreos y matar al mayoral. Los paisajes hacían desearlos; con furia de artistas íbamos preparados a lo que nos reservase la casualidad; guisotes rojizos, calamares negros, quesos petrificados; la posada grasienta y perforada por los insectos. Buscábamos algo nuevo y distinto de lo que ambicionan los ingleses que en sus viajes no buscan más que el confort, comodidades, uno mesa servida a hora fija por manos de groom estirado con frac y pechera tiesa. Nada de esto; comer lo que salga ó dormir en un divan ¿qué importa? puesto que hay aire puro de montañas y mar; sol y sombra á elegir para disfrutarlo. ¡Oh, notarios, dentistas, fabricantes de biberones ó jeringas que forzosamente necesitais descansar vuestras posaderas en asientos bien mullidos y los platos emperejilados! Ellos y los ferro-carriles han vulgarizado la pasión de los viajes. Ahora son estos lujo que se paga uno ó cumplimiento de la promesa que se hizo a la mujer ó a los niños si son buenos. Del delicioso ensueño que antes era ir a la ventura en busca de lo desconocido se ha hecho hoy una distracción metódica, uniformada para "libro de memorias".
     -¿No falta nada? -esta es la sola reflexión que se hacen al hacer el baul.
     ¿Quién es Bædecker? el más soso compañero de viaje que he conocido. ¿Y Joanne? un pedante geógrafo cuyos libros debían condenar al presidio de las bibliotecas de provincias. ¿Se recorre el mundo para coleccionar estadísticas, conocer los hoteles más chic ó profundizar el estudio de la historia?
Diligencia vascongada
     Buscábamos una diligencia -decía- la más desvencijada, la más semejante á una caja de contrabajo, la más rechinante que hubiese. Esto tenía que encontrarse en un país con aldeas construidas como a bofetadas contra las laderas de la costa Cantábrica, país salvaje con caminos apropósito para equilibrista de cuerda floja.
     Se realizó nuestro deseo. No era la diligencia de Gautier con su zagal y postillón que quizás fué bonita pero decididamente profanada por la ópera cómica. Era otra cosa: un armario amarillo y negro tirado por caballos, mulas, y en las cuestas por bueyes, que aparejados juntos sudaban obedeciendo á los latigazos entre sapos y culebras lanzados por la boca del mayoral. Entre ¡aida! y ¡arrayua!, poco a poco se vencen las cuestas y entre galopes y trotes con acompañamiento de ruedas y correas se hacen muchas leguas. A lo mejor hay una parada sin saber nadie porqué, escepto el mayoral que sino es para echar una copa sabe que ha dado cita la víspera a un amigo para tratar de algo que interesa á los dos y la diligencia entera esperando. Luego aquellas entradas alegres en los pueblos desempedrando calles y rechinando hierros que parece debían romperse los cristales de las ventanas a nuestro paso.
     Una vieja había tomado sitio la última en el pescante. ¡Oh! qué viejas esas de España que muchas parece que han asistido a la agonía de Cristo! De repente se puso a tararear una canción lejana, pero cantada con aquel temblor de vejez y sus manos de un amarillento de madera no hicieron un movimiento apoyadas en sus rodillas. Parecía acordarse de algo triste que nadie más que ella podía saber.
     Atravesamos paisages con grandes reflejos de colinas verdes en el río que traían a la memoria cuadros de Courbet; otras veces se descubría el mar con falaises ó con rocas formando dragones monstruosos; marinas de Monet; después era un efecto de Rousseau ó bien de Corot lo que aparecía. Pero por encima de todo se piensa en algo que no se ha pintado nunca; en el cuadro que cada uno lleva grabado en sí, original y fatal que persigue a cada paso y del que se ven fragmentos en ciertos sitios, sea en aldeas, valles ó costas.
     Los pueblos desfilaban; calles en que los tejados se dan como cornadas de borrego con sus canalones enfrente unos de otros; balcones que avanzan hacia la mitad de la calle con ropa secando como un festejo de colgaduras y banderas; puertas con clavos y aldabones, escudos tremendos cubierto alguno de paño negro en señal de luto como una cara vendada. Hojas de hiedra y flores en los balcones formando jardinillos de hierro carcomido por los años y el salitre; luego una iglesia color pimienta de Cavena y piedra pómez con el mar a sus piés. Llegábamos a Guetaria la vieja. ¡Cuántas iglesias de esas hemos visto por los rincones de nuestros viajes en la España apartada! El pasado de esta última debió ser trágico al parecer. Su rosetón tenía piedras embutidas reemplazando vidrieras que faltaban y dejando abrirse apenas una lucerna por donde entraba una pequeña claridad. Por debajo del edificio á manera de tunel estrecho está la salida al muelle. El interior en estado ruinososo y obscuro como una mina. Mártires vestidos como maniquíes se adivinaban sobre los altares y una lamparilla sola, rojiza ardía delante de un S. Antonio, silueta siniestra. Las columnas elevándose altísimas, las ojivas entrelazándose arriba y al ver la base enorme, de la torre aquella mole dedicada á santo tan pequeño, produce gran impresión y asusta. Al exterior dos campanas verdes de bronce empezaron á tocar al angelus mientras una lagartija se ocultaba como relámpago entre las piedras acribilladas de agujeros en aquel muro que parecía hecho con esponjas.
     Los puertos de estas costas son gloriosos de suciedad y de abandono. En las calles se peinan las mujeres.
     -¡Oh! ¡qué cabellos se ven negros interminables! Se dá de mamar á los niños y de las puertas obscuras salen gatos para roer huesos anacarados de merluza ó de dorada en los montones de basura recibiendo el forastero con mirada terrible de gatos monteses no acostumbrados á ver gente. Pero esta suciedad hay que perdonarla; vale más taparse la nariz seguir adelante porque gracias a la falta de cuidado se piensa poco en demoler, menos en modernizar y jamás en restaurar; todo tiene cierta poesía para el artista: torrecillas truncadas, losas gastadas, goznes torcidos, la vejez en todo reinando siempre.
     En el campo y aldeas es todavía mayor esta dislocación de cosas; ni tejas ni contra ventanas de los caseríos están en su sitio.
     Los carros de ruedas planas sin rayos van tirados por bueyes. ¡Qué gusto da oir la música lejana de sus ejes para avisar la llegada en los caminos estrechos de que están horadados los montes! Gracias á este ruido un carro espera a otro para hacer el cruce en los apartaderos. Los dos bueyes unidos parecen formar un solo animal, los cuernos atados al yugo y pendiendo del testuz borlas de sangre como despojo de guerra, la cabeza avanzando.
     En las tierras, mujeres de azul ó de negro con ancho sombrero de paja segando el trigo; los hombres con la herramienta vascongada llamada laya trabajando la tierra á mano de manera tan primitiva, grandes pedazos de terreno que mete miedo ver faena tan dura. Los tipos puramente vascongados, pómulos poco salientes, nariz de águila, labios finos, barbilla afilada y la inseparable boina en la cabeza, esta, pequeña, enclavada en anchas espaldas. Movimientos discretos de brazos y la tez curtida por el sol.
     Otro pueblo vimos caido como juego de bolos en la falda de un monte; cuando llegamos se celebraba en la iglesia destartalada el funeral por una difunta. Según la costumbre del pais delante de cada mujer arrodillada los carretes de cera ardiendo sobre paños negros estendidos en el suelo iluminaban por debajo todas las cabezas; los pequeños cirios con su luz cruda destacaban las arrugas de aquellas caras inclinadas, las frentes lustrosas con mechones de pelo gris y las manos juntas teniendo los rosarios. Era una devoción imponente.
     El suelo desaparecía bajo tantos bultos prosternados y negros.
     Mil lucecitas en un altar alumbraban un cristo flaco y huesudo con falda morada y corta. Inolvidable aquel canto desigual y sin órgano que duraba horas; especie de súplica monótona, gutural pesada, la voz del cura más triste aún que las del coro del pueblo.
     Concluido el funeral cada uno apagó su cirio con los dedos mojados de saliva. Las mujeres por su lado desfilaron y el duelo compuesto de hombres solos con capas enormes acompañaron a la difunta al campo santo. Allí dos grandes cipreses como candeleros negros se destacaban sobre el mar. El terreno era con guijarros salpicado de cruces bajas; un rosal en un rincón y tablas de ataud al lado de la puerta todavía con girones de paño y los clavos que habían estado bajo tierra.
     En el depósito de trastos y herramientas de todo cementerio español entre pedazos de un sombrero deshecho y de botas con elásticos, vimos un montón de huesos el descubierto que era ni más ni menos que la fosa común con dos cajitas de niño vacías y casi enteras en primer término.
 Los muertos en aquel pueblo no los tratan de una manera envidiable y la pala del sepulturero que se apercibía sobre unos terrones no estaría mucho en reposo.
     Me dijeron que cuando después de dos ó tres años de enterrar a un pobre nadie paga por él, su cuerpo aún en estado de descomposición es allí donde viene a parar.
     -Aquí el poeta empieza á exaltarse; dice que quiere ver los cementerios en todos los pueblos que visitemos y es curioso seguirle en su manera de ver nuestro país hasta llegar á crearse él una ESPAÑA NEGRA.
     Aquel día después del entierro seguimos a los viejos de las capas que fueron a la casa de la difunta para rezar el Padre Nuestro por el alma del primero que había de morir entre los que allí estábamos presentes, como es costumbre hacerlo en el país Eúskaro, y miramos de refilón á la puerta de entrada, viendo en el fondo varias mujeres gordas y enlutadas dando el pésame á una que lloraba.
     Así se acabó el día de impresiones tan extraordinarias para un artista que viene de Flandes y muy vulgares para nosotros que las vemos tan amenudo.
     Regresando a la posada decía el belga abriendo ojos de espantado y mirando por encima de sus lentes: "En tu país la muerte debe hacerse du bon sang; en las iglesias la celebran como una gran Santa y en el cementerio la ceban como una glotona."
VERHAEREN, E., REGOYOS, D.: España Negra,  Ed. Hesperus, 1989, pp.31-40.

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