"
On voit également un assez grand nombre de christs, d’enfants Jésus, de
petits saint Jean, de verges, de saints,etc…,d’une dimension
extraordinaire, souvent ornés de peinture et de dorure. Ces ivoires,
d’une basse époque et d'un mauvais travail, ont été faits pour la
plupart aux Philippines ou dans d’autres colonies espagnoles."
DAVILLIER, Jean-Charles. L’Espagne, 1874 con ilustraciones de Gustavo Doré, page 746.
"También
vemos (1) un número bastante grande de Cristos,de niños Jesús,de pequeños
San Juan,de patios (2),de santos etc....de extraordinaria dimensión,a menudo
adornados de pintura y de dorado.Estos objetos de marfil,de una época
baja y de un mal trabajo,se realizaron principalmente en Filipinas o en
otras colonias españolas"
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martes, 3 de noviembre de 2015
viernes, 30 de octubre de 2015
E. Verhaeren. II.-AURRESKU DE NIÑOS. -FIESTA DE SAN JUAN EN TOLOSA SAN MARCIAL EN VERGARA.
Entrábamos dando latigazos a galope en una ciudad viejísima, sobre una roca y lejos de todo ferrocarril. Las campanas vibraron con fuerza y sobre las losas estrechas de la calle, en medio de un hormigueo negro de gente, veíase moverse las notas claras de vestidos azules, blancos y rosa; era un ballet de antiguas danzas eúskaras ó bascas.
A nuestra izquierda vimos la iglesia con la estatua del Santo Patrono encima del pórtico
engalanada con banderas; habían puesto una aureola de linternas alrededor del Santo y flores en
grandes vasijas.
¿Quién era el santo? -San Juan Bautista, más adorado, más festejado en todo Guipúzcoa.
¿Cómo era la estatua? -Un pedrusco hecho por algún escultor de aldea, uno de esos terribles
creyentes que pareció entretenerse en torturar la piedra de una manera inocente, esculpiendo
Cristos y Madonas. Allí se ven Nazarenos en cruz y Dolorosas en los que se destaca una
espantosa tristeza, cuando no es metidos en altares negros es entre vidrieras de armario al
resplandor de cirios ó lamparillas y se graban en la memoria como obras maestras de salvajismo
y de retorcimiento de dolor. El San Juan que habían adornado encima del pórtico, era de granito
pintado. Colores chillando su crudezas a los delicados oídos de las flores que alrededor estaban;
la masa de piedra cortada a grandes golpes; la cara del Precursor enjuta, su torso atormentado por
la vida austeras, todo su cuerpo consumido y los ojos como abiertos por las apariciones terribles
de su desierto.
El gentío que habíamos apercibido á la llegada se acercó a nosotros. Las notas claras que se
movían entre la masa negra eran niños formando una cadena de pañuelos cogidos de mano en
mano y el pequeñuelo de un extremo como una dama diminuta bailaba paseando por las calles
una antigua danza llamado aurresku. Parábanse ante la case del alcalde ó la de algún noble que
ostentaba su escudo sobre el muro. Allí una flauta y un tambor estrecho y largo tocan un aire que
perece que descarrila y que pierde el compás para después volverlo á tomar; así me esplicaron
que tiene que ser el extraño ritmo de la música vascongada. Los dos instrumentos parece que
riñen entre silbidos y redobles de tamboril, pero sin reñir nunca de veras. Los dos niños de los
extremos de la columna son los únicos que bailan ó más bien saltan haciendo piruetas con gran
seriedad, casi con aspecto triste, entrelazando los pies en el aire como una bailarina. Estos son
los dos sobre los que cae toda la responsabilidad de la danza y los que conducen á los demás. En
esta antigua ciudad, entre obscuridad de palacios caidos y torres en ruina, toda la gente prestaba
atención en el pequeño ser lleno de vida a quien tocaba bailar delante de la Iglesia negra.
Terminado el baile se sirvió la merienda a aquella pequeña comparsa al aire libre sobre unas
ruinas.
La comida se componía de pirámides de frutas, montañas de sorbetes, fuentes de limonada.
Pero todo esto tuvimos que dejarlo porque habíamos resuelto pasar la fiesta de San Juan en
Tolosa y dejamos aquellas alturas para bajar a esta antigua capital de Guipúzcoa.
Durante el viaje en diligencia el oscurecer se alumbraron grandes hogueras en los montes por
ser la víspera del gran día que en Guipúzcoa parece ser que le honran en todos sus pueblos con
estos simulacros de incendio. Vistos desde el valle abajo parecían cabelleras rubias aquella
llamas en desorden y con un poco de imaginación podrían tomarse las estrellas que brillaban
alrededor por soberbios alfileres de aquellas melenas despeinadas.
La población iluminada con faroles y tiroteo de petardos apareció bien pronto.
Las jotas y fandango llamado ariñ-ariñ duraron hasta tarde, pero no siendo esto más que una
pequeña preparación para la fiesta del día siguiente resolvimos acostarnos temprano en el parador
de diligencias.
¡Oh! qué noche de ruidos y qué madrugada de tin-tan y talan-talan; qué campaneo de
campanas nos hizo saltar de la cama al día siguiente traspasándonos la cabeza toda la mañana con
su sonido duro! ¡Qué bordoneo que nos rompía el tímpano con su tin-tan y talan-talan con el
campaneo de campanas!
La procesión tuvo lugar. Inmediatamente nuestras miradas fueron para las esculturas de
Santos; los pasos que salían aquel día se puede decir de sus cavernas.
Es que en realidad estas imágenes están talladas con arte latronesco y bárbaro.
Desproporcionadas, patizambas, groseramente modeladas y sin embargo soberbias. De expresión
torpe ¡pero qué penetrante!
El rezar cara a cara con estos Santos y Nazarenos debe hacer reir ó alucinar. Así se
comprende el magnetismo que puede causar la mirada de ellos en ciertas capillas sombrías.
Desgraciadamente ya invaden el país las esculturas modernas á la francesa, insípidas imágenes
de confitería.
Después de cordón interminable de viejos con cirios y cofradías
llegaron los curas y dominando aquel grupo sobresalía dorada y
reluciente la custodia. Detrás el alcalde con el junco enroscado (1) y
cerrando el cortejo los alguaciles con el traje del siglo XVII y dos
maceros con dalmática del encarnado propio de diputación, las mazas al
hombro.
Y durante esta hora de manifestación religiosa siempre el mismo
campaneo de campanas, entonces más numerosas, repicando más a
rebato, las pequeñas, las grandes y toda la calderería amotinada. Ni una
sola sonoridad de bronce larga y profunda sino una cacofonía discordante
una, disciplina de martillazos rompiendo con sus hierros el
tímpano. Por la tarde el alcalde y los concejales acompañados de curas
van á vísperas y un grupo de mozos vestidos de blanco, boina encarnada
y ancha faja esperan en la puerta formando un arco con bastones ó makilas y espadas de madera
para dejar paso al concejo. Son los ezpatadantzaris que van bailando por las calles las danzas
bascas á la antigua usanza, abriéndose así el paso hasta llegar á la plaza de rigor, donde se ha de
celebrar la corrida de novillos que engalanada con banderas ya está atestada de mujeres en los
balcones y convertidos estos en palcos y sobre tendidos improvisados un gentío de mil colores.
¿Para qué describir una corrida de toros que es ya cosa tan vulgar?
Nos contentaremos diciendo que los curas asistieron con el alcalde que presidía la corrida y
que todos siguieron al anochecer hasta una alameda oscura donde presenciaron los bailes
antiguos Eúskaros. Que las fiestas vascongadas tienen un carácter tétrico por mucha alegría que
se les quiera dar. La dominante negra en los trajes, la seriedad de los bailes y cantos, el paisaje
y aquel cortejo de alcaldes y curas presenciando los bailes como un duelo, éstos últimos en una
postura que siempre es la misma, como pájaros en reposo, que recuerda la de las águilas
enjauladas.
Y todo esto reunido hace ver bien claro el carácter fúnebre que se descubre en esta fiesta
española.
Después describe el artista belga otras cosas menos tétricas, pero aquel día más en sus ideas
de que ESPAÑA ERA NEGRA, preguntóme detalles sobre la Semana Santa en Guipúzcoa. Sin
exagerar le dije que entonces era la buena época para hacer artículos sobre este país carlista
como él lo llamaba y le conté como pude mis impresiones de Jueves Santo en Azpeitia después
de oir un miserere de Gorrití, música seria algo alemana, y un sermón larguísimo. La guardia
civil de gala como sargentos Federicos de rojo y esperando bajo los arcos de la iglesia el
momento solemne de la procesión, con caras aburridas y con los fusiles puestos á la funerala,
cosa desconocida en el país de mi amigo. El tiempo, de lluvia fina shiri-miri, como dicen en las
provincias, polvillo de lluvia que duró todo el día. Luego la calle principal embutida por la
procesión y la larga fila de hijas de María con mantillas negras y la cinta de sierva puesta el
cuello. La gran masa entrando en la iglesia, siguiendo su estandarte.
Las otras callejuelas que no forman parte de la carrera, sin un sér viviente en aquellas horas;
una soledad que oprime como domingo en Londres.
Los pasos de Azpeitia, uno sobre todo con un letrero que dice: "Cristo padesió por pecadores
sinco mil asotes" son de más carácter que los de Tolosa, le dije: es una escultura más barbare
como él la llama; una talla donde hay más hachazos que otra cosa.
¡Oh! ¡quién pudiera venir a España en esa época! me decía.
Le expliqué lo imponente que era el silencioso cuarto de los Santos después de una procesión,
donde los atriles y las cajas de violines viejos están como ataúdes amontonados con los Santos
entre olores á humedad y á aire viciado de larga ceremonia eclesiástica.
Le pinté la tristeza que se respira en aquellos días en esos pueblos tan distintos á los de su país
y la imposibilidad de divertirse para los que no son creyentes, pues si buscan distracción en los
círculos se encuentran que no hay tresillo ni piano abierto y encima de las mesas de billar se ve
una gran cruz echada que forman con los tacos, indicando con las bolas los sitios donde se
clavaron los clavos y con los palillos sobre el INRI una corona de espinas mal imitada. Todo esto
en señal de luto para impedir que se toque a los tacos durante los dias de Semana Santa.
"Nom d'une pepette comme je voudrais venir" decía, y rogándome le contara más cosas le
dije, que el Viernes Santo en Oñate es también de gran carácter. La iglesia estaba tan oscura
cuando yo la ví que casi había que ir á tientas y solamente un rayo de luz caía, como hecho
apropósito, sobre el Altar Mayor, resultando el Cristo y la Dolorosa muy en alto sobre unas
gradas llenas de chiquillos y el rayo aquel de la lucerna caía para alumbrar la aparición
como único punto luminoso entre la masa negra del pueblo en tinieblas.
La procesión es una de las más hermosas que ví en España. Los niños de las escuelas esperan
de rodillas formando cordón en la ancha plaza de edificios antiguos con el gran morado del
monte Aitzgorri dominando allá en el fondo.
"¡Oh nom d'une pepette, nom d'une pepette! repetía.
A pesar de no ser Semana Santa no quiso dejar Guipúzcoa sin ver Loyola y Azpeitia.
Como hombre del Norte acostumbrado á las catedrales góticas
no le entusiasmó nada el estilo barroco que él llamaba rococo que
domina en Loyola preocupándole únicamente los curas que por allí
van y vienen siempre en la misma postura que los de Tolosa es
decir de pájaro en reposo; la mano derecha dentro del puño
izquierdo, la otra en el puño derecho que parece que un brazo es la
continuación del otro.
No dando importancia á sus artículos de impresiones de España
para l'Art Moderne periódico de Bruselas se metió el poeta en su
poesía; entonces estaba acabando su libro "Les Debâcles" donde
hay algunos trozos inspirados en nuestro país, trozos tristes, por
supuesto.
Hablaba poco y observaba mucho sacando partido de cosas que
á nosotros no nos chocan por ser españoles.
Llegó á distinguir los toques de entierro, de párvulo, de salida de
viático y aún el de agonía, esas cinco campanadas que seguidas de
un silencio anuncian en Guipúzcoa cuando alguien se muere.
Le chocaban estas cosas y era natural que le chocasen. Ya sabemos que hay que tocar á
muerto, pero ¿para qué anunciar el momento crítico de la agonía? ¿No son estas cosas propias
de un país que es amigo de la muerte?
Fuimos á la fiesta de San Marcial de Vergara en el tren juguete que sube y baja como montaña
rusa llegando la víspera, dia de San Pedro que ya festejan este día con banderas en la torre, gran
campaneo de calderas como las de Tolosa y lo más chocante con cuatro cirios ardiendo en el
pórtico de aquella parroquia.
Lo mejor del pueblo se ve desde fuera y es el panorama con el Campo Santo entre prados en
medio del valle, cuya capilla vista de lejos hace pensar en esos cofrecillos antiguos de reliquias
y los paisajes en ciertos fondos de cuadros primitivos. Pero el pueblo con sus torres de estilo
barroco y casas solariegas, hace abandonar esta idea y se tiene nostalgia de líneas góticas,
pensando lo bien que armonizarían con el carácter serio de estos pueblos y en estos valles grises
algunas torres caladas de un arte gótico bien puro.
Aquel día hubo títeres en la plaza entre Vergareses de perfiles largos y afilados como sables,
hubo también iridiarena con silbo y tamboril; pero en medio de tanta diversión, al oscurecer
volvimos á ver los cirios encendidos en el pórtico de San Pedro llamando á la gente a la salve.
Al día siguiente es la romería en la ermita de San Marcial á la que se llega por entre vía-crucis
y bosques espesos. La capilla está oculta entre grandes castaños, no viéndose más que humos
azules que parece que todo el bosque está incendiado. Son las hogueras para las meriendas. Las
comilonas al aire libre no podían extrañar nada al que está acostumbrado en Flandes á ver los
cuadros de Teniers al natural. Por todas partes se tropieza con mesas y cazuelas alguna de estas
demasiado pequeñas para tan grandes jigotes y en medio de tanta diversión había cosas que
entraban en el orden de ideas negras de nuestro artista. Los cantos vascongados que se cantan por
grupos al regreso hacia la villa son capaces de entristecer a cualquiera más aún cantados en tono
de pitimas de sidra que son siempre tan tristonas. El baile se acaba temprano y los últimos
resoplidos del flautista que no puede ya más son hácia las nueve de la noche en la plaza. A esta
hora en que empiezan á divertirse en otras provincias de España todos se retiran allí y vuelve á
reinar el silencio de todo el año, contrastando con la soledad de aldea la iluminación de faroles
en los grandes edificios de piedra; palacios nobles que alquilados cuestan cinco ó seis reales
diarios.
El fin de fiesta no podía ser más triste y entre todos los recuerdos el que quedaba más impreso
eran los cuatro cirios ardiendo bajo el pórtico de la torre ocre.
VERHAEREN, E., REGOYOS, D.: España Negra, Ed. Hesperus, 1989, pp 41-54.
E. Verhaeren: I - POR LA COSTA CANTÁBRICA
Buscábamos una diligencia a todo trance con mulas viciadas, dispuestos a rodar por los
precipicios, a romper los arreos y matar al mayoral. Los paisajes hacían desearlos; con furia de
artistas íbamos preparados a lo que nos reservase la casualidad; guisotes rojizos, calamares
negros, quesos petrificados; la posada grasienta y perforada por los insectos. Buscábamos algo
nuevo y distinto de lo que ambicionan los ingleses que en sus viajes no buscan más que el
confort, comodidades, uno mesa servida a hora fija por manos de groom estirado con frac y
pechera tiesa. Nada de esto; comer lo que salga ó dormir en un divan ¿qué importa? puesto que
hay aire puro de montañas y mar; sol y sombra á elegir para disfrutarlo. ¡Oh, notarios, dentistas,
fabricantes de biberones ó jeringas que forzosamente necesitais descansar vuestras posaderas en
asientos bien mullidos y los platos emperejilados! Ellos y los ferro-carriles han vulgarizado la
pasión de los viajes. Ahora son estos lujo que se paga uno ó cumplimiento de la promesa que se
hizo a la mujer ó a los niños si son buenos. Del delicioso ensueño que antes era ir a la ventura
en busca de lo desconocido se ha hecho hoy una distracción metódica, uniformada para "libro
de memorias".
-¿No falta nada? -esta es la sola reflexión que se hacen al hacer el baul.
¿Quién es Bædecker? el más soso compañero de viaje que he conocido. ¿Y Joanne? un
pedante geógrafo cuyos libros debían condenar al presidio de las bibliotecas de provincias. ¿Se
recorre el mundo para coleccionar estadísticas, conocer los hoteles más chic ó profundizar el
estudio de la historia?
| Diligencia vascongada |
Buscábamos una diligencia -decía- la más desvencijada, la más semejante á una caja de
contrabajo, la más rechinante que hubiese. Esto tenía que encontrarse en un país con aldeas
construidas como a bofetadas contra las laderas de la costa Cantábrica, país salvaje con
caminos apropósito para equilibrista de cuerda floja.
Se realizó nuestro deseo. No era la diligencia de Gautier con su zagal y postillón que quizás
fué bonita pero decididamente profanada por la ópera cómica. Era otra cosa: un armario amarillo
y negro tirado por caballos, mulas, y en las cuestas por bueyes, que aparejados juntos sudaban
obedeciendo á los latigazos entre sapos y culebras lanzados por la boca del mayoral. Entre ¡aida!
y ¡arrayua!, poco a poco se vencen las cuestas y entre galopes y trotes con acompañamiento de
ruedas y correas se hacen muchas leguas. A lo mejor hay una parada sin saber nadie porqué,
escepto el mayoral que sino es para echar una copa sabe que ha dado cita la víspera a un amigo
para tratar de algo que interesa á los dos y la diligencia entera esperando. Luego aquellas entradas
alegres en los pueblos desempedrando calles y rechinando hierros que parece debían romperse
los cristales de las ventanas a nuestro paso.
Una vieja había tomado sitio la última en el pescante. ¡Oh! qué viejas esas
de España que muchas parece que han asistido a la agonía de Cristo! De
repente se puso a tararear una canción lejana, pero cantada con aquel temblor
de vejez y sus manos de un amarillento de madera no hicieron un movimiento
apoyadas en sus rodillas. Parecía acordarse de algo triste que nadie más que
ella podía saber.
Atravesamos paisages con grandes reflejos de colinas verdes en el río que
traían a la memoria cuadros de Courbet; otras veces se descubría el mar con
falaises ó con rocas formando dragones monstruosos; marinas de Monet; después era un efecto
de Rousseau ó bien de Corot lo que aparecía. Pero por encima de todo se piensa en algo que no
se ha pintado nunca; en el cuadro que cada uno lleva grabado en sí, original y fatal que persigue a cada paso y del que se ven fragmentos en ciertos sitios, sea en aldeas, valles ó costas.
Los pueblos desfilaban; calles en que los tejados se dan como cornadas de
borrego con sus canalones enfrente unos de otros; balcones que avanzan hacia
la mitad de la calle con ropa secando como un festejo de colgaduras y
banderas; puertas con clavos y aldabones, escudos tremendos cubierto alguno
de paño negro en señal de luto como una cara vendada. Hojas de hiedra y flores
en los balcones formando jardinillos de hierro carcomido por los años y el
salitre; luego una iglesia color pimienta de Cavena y piedra pómez con el mar a sus piés. Llegábamos a Guetaria la vieja. ¡Cuántas iglesias de esas hemos
visto por los rincones de nuestros viajes en la España apartada! El pasado de
esta última debió ser trágico al parecer. Su rosetón tenía piedras embutidas
reemplazando vidrieras que faltaban y dejando abrirse apenas una lucerna por
donde entraba una pequeña claridad. Por debajo del edificio á manera de tunel
estrecho está la salida al muelle. El interior en estado ruinososo y obscuro como una mina.
Mártires vestidos como maniquíes se adivinaban sobre los altares y una lamparilla sola, rojiza
ardía delante de un S. Antonio, silueta siniestra. Las columnas elevándose altísimas, las ojivas
entrelazándose arriba y al ver la base enorme, de la torre aquella mole dedicada á santo tan
pequeño, produce gran impresión y asusta. Al exterior dos campanas verdes de bronce empezaron
á tocar al angelus mientras una lagartija se ocultaba como relámpago entre las piedras acribilladas
de agujeros en aquel muro que parecía hecho con esponjas.
Los puertos de estas costas son gloriosos de suciedad y de abandono. En las calles se peinan
las mujeres.
-¡Oh! ¡qué cabellos se ven negros interminables! Se dá de mamar á los niños y de las puertas
obscuras salen gatos para roer huesos anacarados de merluza ó de dorada en los montones de
basura recibiendo el forastero con mirada terrible de gatos monteses no acostumbrados á ver
gente. Pero esta suciedad hay que perdonarla; vale más taparse la nariz seguir adelante porque
gracias a la falta de cuidado se piensa poco en demoler, menos en modernizar y jamás en
restaurar; todo tiene cierta poesía para el artista: torrecillas truncadas, losas gastadas, goznes
torcidos, la vejez en todo reinando siempre.
En el campo y aldeas es todavía mayor esta dislocación de cosas; ni tejas ni contra ventanas
de los caseríos están en su sitio.
Los carros de ruedas planas sin rayos van tirados por bueyes. ¡Qué gusto da oir la música lejana de sus ejes para avisar la llegada en los caminos
estrechos de que están horadados los montes! Gracias á este ruido un carro
espera a otro para hacer el cruce en los apartaderos. Los dos bueyes unidos
parecen formar un solo animal, los cuernos atados al yugo y pendiendo del
testuz borlas de sangre como despojo de guerra, la cabeza avanzando.
En las tierras, mujeres de azul ó de negro con ancho sombrero de paja
segando el trigo; los hombres con la herramienta vascongada llamada laya
trabajando la tierra á mano de manera tan primitiva, grandes pedazos de terreno que mete miedo
ver faena tan dura. Los tipos puramente vascongados, pómulos poco salientes, nariz de águila,
labios finos, barbilla afilada y la inseparable boina en la cabeza, esta, pequeña, enclavada en
anchas espaldas. Movimientos discretos de brazos y la tez curtida por el sol.
Otro pueblo vimos caido como juego de bolos en la falda de un monte; cuando llegamos se
celebraba en la iglesia destartalada el funeral por una difunta. Según la costumbre del pais delante
de cada mujer arrodillada los carretes de cera ardiendo sobre paños negros estendidos en el suelo
iluminaban por debajo todas las cabezas; los pequeños cirios con su luz cruda destacaban las
arrugas de aquellas caras inclinadas, las frentes lustrosas con mechones de pelo gris y las manos
juntas teniendo los rosarios. Era una devoción imponente.
El suelo desaparecía bajo tantos bultos prosternados y negros.
Mil lucecitas en un altar alumbraban un cristo flaco y huesudo con falda
morada y corta. Inolvidable aquel canto desigual y sin órgano que duraba
horas; especie de súplica monótona, gutural pesada, la voz del cura más
triste aún que las del coro del pueblo.
Concluido el funeral cada uno apagó su cirio con los dedos mojados de
saliva. Las mujeres por su lado desfilaron y el duelo compuesto de
hombres solos con capas enormes acompañaron a la difunta al campo
santo. Allí dos grandes cipreses como candeleros negros se destacaban
sobre el mar. El terreno era con guijarros salpicado de cruces bajas; un
rosal en un rincón y tablas de ataud al lado de la puerta todavía con girones
de paño y los clavos que habían estado bajo tierra.
En el depósito de trastos y herramientas de todo cementerio español entre pedazos de un
sombrero deshecho y de botas con elásticos, vimos un montón de huesos el descubierto que era
ni más ni menos que la fosa común con dos cajitas de niño vacías y casi enteras en primer
término.
Los muertos en aquel pueblo no los tratan de una manera envidiable y la pala del sepulturero
que se apercibía sobre unos terrones no estaría mucho en reposo.
Me dijeron que cuando después de dos ó tres años de enterrar a un pobre nadie paga por él,
su cuerpo aún en estado de descomposición es allí donde viene a parar.
-Aquí el poeta empieza á exaltarse; dice que quiere ver los cementerios en todos los pueblos
que visitemos y es curioso seguirle en su manera de ver nuestro país hasta llegar á crearse él una
ESPAÑA NEGRA.
Aquel día después del entierro seguimos a los viejos de las capas que fueron a la casa de la
difunta para rezar el Padre Nuestro por el alma del primero que había de morir entre los que allí
estábamos presentes, como es costumbre hacerlo en el país Eúskaro, y miramos de refilón á la
puerta de entrada, viendo en el fondo varias mujeres gordas y enlutadas dando el pésame á una
que lloraba.
Así se acabó el día de impresiones tan extraordinarias para un artista que viene de Flandes y
muy vulgares para nosotros que las vemos tan amenudo.
Regresando a la posada decía el belga abriendo ojos de espantado y mirando por encima de
sus lentes: "En tu país la muerte debe hacerse du bon sang; en las iglesias la celebran como una
gran Santa y en el cementerio la ceban como una glotona."
VERHAEREN, E., REGOYOS, D.: España Negra, Ed. Hesperus, 1989, pp.31-40.
E. Verhaeren: III.-IMPRESIONES DE VERANO EN GUIPÚZCOA.
Si la pluma de un pintor pudiera ir con la del gran poeta flamenco describiría la vida que
hacíamos en San Sebastián, huyendo del paseo y de los bailes del casino que no eran para
nuestros gustos; esplicando detalladamente nuestras conversaciones y correrías por los
pueblecillos vascongados; pero ¿cómo no meter la pata en literatura? Limitémonos á las
sensaciones de pintor aunque se vea en ellas un estilo pobre de pluma torpe.
El objeto es seguir los progresos de la visión tétrica que nuestro artista se formó sobre España
y que si algunas veces la encontraran exagerada no deja de encerrar mucha verdad, sobre todo
el capítulo titulado España Negra que es su último artículo enviado á "l'Art Moderne" hablando
de la funeraria, del Museo del Prado y del sitio de El Escorial.
Aquel me decidió á reunir todas sus notas sobre España, pero es preciso antes esplicar el viaje
que motivó dicho artículo.
Diré que el belga era el mejor hombre para sacudir del embrutecimiento que da la vida de
provincia, obligando á uno a visitar hasta las sidrerías para conocer sus impresiones.
El baile de los domingos en la playa llamada de El Antiguo debiendo ser vulgar para el que
lo vé muy a menudo me parecía sensación nueva por las observaciones del hombre que viene de
Flandes y compara los bailes sensuales de sus paisanos en las Kermesses flamencas con la
sencillez de las donostiarras bailando sin hombres, que eso sí que causaría risa en Flandes; sobre
todo la seriedad de las mujeres, la distancia de las parejas sin tocarse y sus movimientos discretos
de brazos era lo que á él más le estrañaba.
Si la línea alegre es en pintura la que tiende á subir y la triste la que cae ó va hácia abajo, en
estos bailes vascongados se puede decir que hay más líneas tristes que alegres en las formadas
por los brazos en movimiento. Y por esa falta de alegría tenía que gustarle al hombre de ideas
algo tristes.
Pescadores de sardinas.
Cuando la sombra de los montes se iba estendiendo y que el último rayo alumbraba aún en
el castillo de la Mota iba á empezar la hora interesante de harmonías pictóricas sin crudezas;
entonces nos instalábamos se puede decir para escribir los dos, pues el pintor á esa hora hermosa
tiene la desgracia de no poder utilizar una sesión larga de pintura por lo poco que dura la luz; y
siendo así ¿cómo ha de trabajar sino escribiendo notas de aquel efecto que se va?
Mirábamos girar los sayas y moverse las cabezas, los moños por encima de la línea del mar
y los tamborileros, flaco el uno como con hambre de tragarse el silbo, y gordo el otro redoblando
hasta que llegaba la noche.
Nuestros paseos en S. Sebastián eran casi siempre por el lado del mar. Si dominábamos éste
desde el castillo de la Mota por la tarde, veíamos el regreso de las lanchas de pesca; mirando
hácia Francia eran las velas de diferentes blancos según la distancia y dispuestas en escala como
notas de música, las lejanas de un blanco sucio y fundidas con el gran azul; las más cercanas de
blancura planchada como inmensos cisnes de Lohengrin, pero dominadas por otro blanco aún
más potente, el de las olas rompiéndose bajo en las rocas y espumando entre el verde vidrioso
del agua su complementario de nieve rosa.
Peregrinación en Cabo Machichaco.
Mirando á Vizcaya todo cambiaba, el crepúsculo reflejándose brutamente en el mar convertía
la línea obscura de horizonte en campo de ajenjo cortado por los montes de Machichaco y la gran
masa azul en reluciente chillería impintable de luces metálicas. Los barcos también cambiaban
de color y las velas que antes eran claras se convertían ahora en siluetas negras entrando en el
agua reluciente á contraluz.
Seguíamos con los ojos desde la tierra los lanchones para ver la llegada del pescado bajando
al muelle donde un artista nunca se aburre; allí hay marinas que vistas al través de las redes
puestas á secar forman telones estraños como cuadros de pintura pointillée ó puntista. Entre todos
las distracciones se va uno principalmante á los pescadores que vienen en sus lanchas dominando
la masa de sardina como cargamento de plata, á las mujeres que esperan sus hombres de mar y
á otras mil faenas de marineros con las cuales se puede hacer un arte de puertos con asuntos muy
variados.
Así esperando que la sarten de Madrid no achicharrara para ir á estudiar el museo del Prado,
las escursiones por Guipúzcoa se repetían.
Del San Juan Bautista de Tolosa pasamos al San Juan Degollado en el cabo de Machichaco,
fiesta muy curiosa en una isla llamada Gaztelugache separada de aquel cabo por un puente. En
lo alto de la peña hay una ermita donde todos los años hacen una peregrinación mezcla de
religiosa y divertida.
La parte divertida está en el lado de Machichaco, viéndose de allí el peñón de los fieles en
conjunto; una reunión de gente lo cubre formando un sendero de grandes revueltas que termina
en la ermita. Si esta gente se moviera podría hacerse la comparación tan conocida de hormigueo
y camino de hormigas; pero son puntos quietos y muy negros; son mujeres arrodilladas con
mantillas que parece que rezan. Nos dijeron que se arrastraban de rodillas á paso de tortuga por
aquel penoso calvario, pero desde allí no lo creimos pareciéndonos que estaban quietas. La gente
que no es devota se queda en esta romería del cabo y se pone bueno el cuerpo de comilona y
bailoteo debajo de los grandes castaños, durando la fiesta hasta la noche que bajan á Bermeo ó
Báquio bailando siempre y bebiendo chacolí.
La parte religiosa y triste se encuentra en las mujeres que suben á la isla; el martirio de esta
ascensión no se comprende hasta verlo de cerca; algunas van vestidas con el hábito que dá á las
españolas el caracter de penitentes; los niños de negro ó morado con la fúnebre harmonía de
coronas amarillas en la cabeza cumplen también las promesas de sus madres. Entónces el que va
allí como curioso vé el contraste de aquellos tristes que se martirizan con los que se emborrachan
en la romería y aún para el que no es creyente los arrodillados resultan admirables.
Esta fiesta era bastante para dar la visión de una España Negra en que la alegría vá mezclada
con la penitencia; se diría que era rebuscada y fuera de lo ordinario, pero estaba de Dios que sin
querer nosotros la escena de nuestro país se había de arreglar á cada paso de una manera trágica
y á favor de Verhaeren.
Una noche paseando por el boulevard de S. Sebastián vino á sorprendernos allí un Viático y
como es natural en España la banda dejó una sinfonía de Beethoven por la marcha real española;
todas las mujeres en gran toilette cesaron de dar vueltas á la "noria" (así llamada por su rutinario
modo de pasear) y se arrodillaron, como también los hombres. Entonces el poeta aunque ya había
visto el Viático en España quedó más asombrado, su emoción fué grandísima; siguió la procesión
y metiéndose entre los que llevaban los cirios exclamaba:
"¿Cómo tienen tanto poder esa campanillita y esas velas encendidas? En mi país se lleva el
Bon Dieu en el bolsillo sin que lo sepa la gente". En su cerebro bullía más la España severa que
él se había forjado.
Por fin dejamos San Sebastián empezando el viaje con un gitano que iba la feria de Pamplona y en él fijaba la atención mi amigo de tal manera que no miraba el camino, despreciando el paisaje creyendo que lo tendría este hasta Madrid. No sabía que subiendo á los altos páramos del centro de España, que pudiéramos llamar nuestras Pampas ya sea el pueblo Tafalla, Burgos, Madrid, Teruel, Cória, etc., etc. todo es lo mismo, el desierto... y hay que despedirse del color verde y de las frescuras del paisaje en general.
Por fin dejamos San Sebastián empezando el viaje con un gitano que iba la feria de Pamplona y en él fijaba la atención mi amigo de tal manera que no miraba el camino, despreciando el paisaje creyendo que lo tendría este hasta Madrid. No sabía que subiendo á los altos páramos del centro de España, que pudiéramos llamar nuestras Pampas ya sea el pueblo Tafalla, Burgos, Madrid, Teruel, Cória, etc., etc. todo es lo mismo, el desierto... y hay que despedirse del color verde y de las frescuras del paisaje en general.
Él buscaba un país triste, pero bien triste iba á ser todo; el campo se tenía que convertir en
cadavérico paisaje y á él, hombre nacido entre las praderas rubias de Flandes y bajo grises
aterciopelados, sin durezas ni tonos brutales, tenía que hacerle más efecto que á otro cualquiera
el aspecto de los pueblos del mismo color de hueso que las caras de la gente, la aridez en todo,
el clima implacable.
Para pintar aquellos campos perece que hace falta una nota de luz que sirva de dominante
como el último rayo de sol rojizo o anaranjado que forme sus complementarios ú oposiciones
azules, y si es en invierno una luz solar algo eléctrica de un amarillo limón con sus
complementarios violáceos. Hace falta en fin una luz de tinta muy marcada que haga cantar el
conjunto entonando aquellos pardos incoloros y muertos. No siendo así Castilla es
antipictórica, sin sol, porque no dice nada; todo es de coloración neutra y con sol elevado porque
la paleta es impotente para reproducir aquellas vibraciones de luz tan brutal y tan blanca.
Mendiga de Castilla.
Habíamos formado un itinerario hasta Madrid con paradas en sitios artísticos. Para ver bien
un país había que visitar los pueblos pequeños y para conocer los tipos interesantes era necesario
viajar en 3ª Así lo hicimos al salir de Guipúzcoa.
En Alsasua todo cambia viniendo de Guipúzcoa. Allí empieza la tragedia del paisaje cuyos
montes cuadrados en forma de mesetas hizo muy bien Verhaeren en comparar á grandes
catafalcos de paño negro. Los personajes de aquel teatro son también otros tipos opuestos á los
guipuzcoanos y de traje más pobretón que los de Zumárraga á tan poca distancia de allí. La
diferencia de líneas de la distinguida raza basca y la castellana es tan grande hasta en los
mendigos que sabría uno diferenciarlos desnudos. Una vieja vimos en la que se reflejaban las
miserias del país, seco, de cerros pelados; en su cara pajiza y descompuesta se veían los colores
de aquellos desiertos y las huellas de la vida de sufrimientos en tan duro clima. Sus arrugas
conservaban la misma contracción sin duda de muchos años como sugeta por un resorte de tanto
guiñar los ojos, luchando contra la luz fuerte; ese visage que queda fijo en la gente que vive al
sol envejeciéndola antes de tiempo.
Entramos en las arideces de España por el valle de Catafalcos como había bautizado el poeta
al Araquil, dirigiéndonos á Pamplona á la fiesta de San Fermin chico.
Dejemos ahora hablar al belga describiendo el gitano compañero de viaje, personage con
guitarra y de gran carácter. Aquel dice así: "En un wagon de 3ª camino de Pamplona espatarrao
sobre el banco del coche enfrente de nosotros, la boca entreabierta, retorcía un pitillo con
movimientos bruscos y fumaba mirando por la ventanilla, abstraído, su alma á cien leguas. Dos
mechones de pelo ensortijado cubrían sus sienes; los pómulos como puños, barbeta como un
codo pero con pelos como patas, picado de viruelas y con una cuchillada que por añadidura lo
cruzaba la cara. Soberbio tipo de fealdad ruda y fuerte con una costra más bien que una piel en
su cara.
En una estación de pueblo navarro quedó vacío su compartimento y desde el nuestro te vimos
acurrucarte en un rincón y sacar de debajo del asiento un guitarrín colorado, malo é incompleto
de cuerdas; se puso á cantar bajito una malagueña con voz gangosa y aunque cantaba para él se
oyeron en la copla las palabras muerte, sangre, que son de cajón en los cantos andaluces y su
canción le hacía soñar, indiferente á los que le mirábamos. No separando la vista de él no sé por
qué no le declaramos la admiración que nos causaba. Hubiéramos querido unir nuestro viaje al
suyo, á su vida canalla de vago yendo y viniendo por todos los caminos. Por qué no conocer su
vida y disfrutar de ella?"
Más tarde supimos que iba á comprar los caballos muertos de la corrida para esplotar la
manteca y la piel. Este hallazgo de un matón; de un sacamantecas como compañero de viaje tenía
que figurar en los artículos de l'Art Moderne.
Era el hombre apropósito para nuestro belga, el que tenía que salir varias veces á nuestro
encuentro en la fiesta de Pamplona. Esta era la de San Fermin el chico como dejo dicho
y que nada tiene que ver con el grande, donde teníamos que ver una corrida de toros y como en
la otra fiesta era de rigor asistir al encierro de toros en la calle de la Estafeta que es célebre por
este motivo. Tomamos posesión de un mal cuarto como es costumbre hacer este día con tal de
tener balcón á la calle de la Estafeta para la madrugada y mientras al acostarnos veíamos por las
puertas de vidrieras hombres y mujeres desnudándose en los dormitorios, pensábamos la noche
que ibamos a pasar de martirio sobre colchones por el suelo esperando la recompensa del día
siguiente.
VERHAEREN, E., REGOYOS, D.: España Negra, Ed. Hesperus, 1989, pp 55-66.
miércoles, 28 de octubre de 2015
DAVILLIER, pag 759
“Herrera
le Vieux (*) qui fut emprisonué sous l'accusation d'avoir fabriqué de
la fausse monnaie.”
DAVILLIER,
L’Espagne, pag
759
“Herrera
el viejo que fue encarcelado acusado de haber fabricado monedas
falsas.”
(*) Francisco Herrera, el Viejo (Sevilla; h.1590 - Madrid; h.1656); pintor y grabador español del Siglo de Oro.
La citra debe ser más amplia no sabemos a cuento de qué viene esta referencia literaria, y es ahí en lo que no ha recogido donde está la cuestión que nos interesa.
(*) Francisco Herrera, el Viejo (Sevilla; h.1590 - Madrid; h.1656); pintor y grabador español del Siglo de Oro.
La citra debe ser más amplia no sabemos a cuento de qué viene esta referencia literaria, y es ahí en lo que no ha recogido donde está la cuestión que nos interesa.
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